La noche estuvo plagada de ruidos. No cabía duda que el viento era uno de los factores principales, pero tras mucho intercambiar opiniones nos pusimos de acuerdo que tuvimos visitas externas rondando la casa de veraneo donde nos hospedamos.
La “casa roja” se encontraba en una de las calles perpendiculares a la calle principal de Denham, lo suficientemente apartada para ser solitaria, y los suficientemente cerca para no considerarla tétrica. a pesar de su interior desaliñado, era acogedora, pero su techo de planchas y sus cortinas raídas dejaban mucho espacio para que la imaginación se desbordara.
Así, que cuando, empezamos a oír sonidos que simulaban pisadas sobre la gravilla que circunvalaba el recinto, cerramos ventanas, apagamos luces y permanecimos atentos: ¿Dónde estaba ahora la azafata diciendo: si se acojonan en un pueblo apartado una noche cerrada y ventosa existen dos salidas de emergencia, en el momento que entren en pánico una luz se iluminará mostrando un sendero a la salida más próxima, recuerden que la salida más próxima puede estar detrás de usted? Detrás de mí???…., pero si por ahí vienen las mayores desgracias.
Pero, esta vez, utilizamos la regla numero tres del viajero a tierras lejanas (y por ende de las millones de películas de terror que vimos durante nuestra juventud), si oyes un ruido, no vaya a ver quién o qué es. Ocúltate.
La claridad de la mañana llenó nuestros ojos de confianza y recordó a nuestros estómagos la ingesta pertinente. Nuestro destino era visitar Monkey Mia, a unos 26 kilómetros de Denham, la intención: saludar a los delfines y descubrir a los siempre fascinantes dugongos.
A las 8:00 horas el sol estaba alto, y sus rayos calentaban como en toda esta región. Fue llegar y ver una de las atracciones de la zona: ver delfines comunes.
En esta reserva marina, se encuentran dos especies de delfines, la común (recordemos a nuestro amigo Flipper), y la nariz de botella. Esta última es conocida por la habilidad de poner en su hocico una esponja que utilizan a modo de nasa para atrapar a los peces. La interacción estaba muy cuidada, los delfines de mutu propio se acercaban a la orilla para ser alimentados. Mientras una instructora daba una charla sobre los cetáceos, y explicaba que llevaban varias generaciones de delfines realizando la misma actividad, tal es así que los tenían identificados; tras la explicación algunos voluntarios alimentaban a los delfines con unos 4 0 5 piezas de pescado en total.
Terminar esta actividad y buscar la del día siguiente todo fue una. Nos acercamos al emplazamiento de los WildSight, dónde a parte de contratar un tour 4x4 para el siguiente día al Francois Peron National Park; nos ayudo una simpática mujer para activar nuestra SIM australiana.
El barco se llamaba Aristocat2, y dos eran los tripulantes encargados de llevarnos al reino de los dugongos. Al principio, pensábamos que los podríamos ver bajo el agua a rapés de ojos de buey sumergidos, pero la decepción se vislumbró en nuestro rostro cuando descubrimos unas ventanas al océano pequeñas y con mala visibilidad. Después de una pequeña travesía a vela, nos llevaron a una granja de perlas (otra cosa que habíamos entendido mal, pues presuponíamos que eso sería tras ver la fauna del lugar).
La granja era un pequeño refugio en medio de la costa, con lo imprescindible para realizar los trabajos de recolección y animación para conseguir la perla negra. El proceso podía durar entre 3 meses y 3 años, y dependiendo del tiempo para conseguir el producto así se traducía en el precio. Para abreviar cultivaban las ostras hasta que tenía cierto tamaño; tras el mismo las recolectaban y con instrumental específico, las abrían y depositaban en su interior un pequeño objeto circular que sería el corazón sintético de la perla. Progresivamente y con el deposito de la secreción de nácar se iba formando la perla, que tiempo después se extraía y en el mismo proceso se introducía otro nuevo núcleo.
Sí, yo pensaba los mismo, si vengo a ver dugongos, que demonios hago haciendo un Master sobre perlas australianas; bueno disculpen, realmente eran japonesas, por que tras un huracán que destruyó toda la granja hubo que importar ostras japonesas, aunque a estas alturas deben tener doble nacionalidad.
La espera no fue muy larga, y tras llegar a los campos de “seagrass”, empezamos a disfrutar de los gritos, unos de sorpresa y otros de advertencia. El porqué de todo esto; pues nuestros mamíferos preferidos: los dugongos, familiares cercanos de los manatíes y que en su tiempo confundidos con sirenas, tenía la mala costumbre de emerger a respirar de forma discontinua y en los lugares mas inesperados del mar; y seamos sinceros, a veces, sólo a veces el mar puede ser muy grande.
Nos traían de cabeza, visualizábamos las sobras de sus cuerpos, y cuando por fin creías tenerlos enfocados para la ráfaga mas larga de tu vida, sacaban su hocico unos segundos, y se sumergían rápidamente enseñando su cola.Sin embargo, con paciencia y sobrepasando el tiempo permitido que tenia la embarcación de interactuar en el recito restringido, nos deleitamos con una lucha territorial de estos animales herbívoros que se alimentan de mas de 30 kilos diarios de seagrass.
Nos merecíamos un descanso con un almuerzo proteico (otra hamburguesa que ingerimos, y no será la última) y un relajado pospandrio a la sombra del lujoso resort de Monkey Mia.
El sol empezaba a declinar, pero aun nos quedaban algunas visitas de rigor que realizar. Tras recorrer mas de 45 kilómetros llegamos a la Shell Beach… y tras un día duro, que mejor que un baño en el océano índico, relajados y sin prisas. Pero, cual fue nuestra sorpresa, que tras atravesar dunas y dunas de arena blanca, que luego se convertían en conchas de tamaño uniforme y pequeño, la marea se había retirado y era imposible el baño. Teniendo en cuenta que en este espacio entre dos bahías la concentración de sal iba a ser más del doble de la habitual, y que íbamos a flotar, que digo flotar caminar como lo hizo Jesús sobre las aguas; fuimos a menos y disfrutamos de las conchas y un fuerte viento que iba anunciando el ocaso.

Q gozadaaaaaaaaaa, quien vería a la valiente mosquetera cuchillo en mano defendiendo su disco duro de maleantes en la oscura noche australiana...
ResponderEliminarTe puedes llevar lo q quieras pero la cámara, el PC y el disco duro NOOOOO aunque me dejes sin bragas y sin ropaaaaaaaaaa...
Holaaaaaa
ResponderEliminarDía diferente!!!
Vaya cn esos ruidos......misterio
No sabía la historia de las perlas jiji japoaustralianas
Ni cómo eran los dugangos
Q guay los colores (azul, arena d conchas....)
Y tu foto Cris!: podría ser la publi de ...
Vida Sana
Vida relax
Soy feliz!!!
Jajaja
Me pilla q mí en esa bahía y ni idea d la concentración de sal jajaja
Besotessssss
Q vistas mas bonitasen la playa, y q suerte ver dugongos, recuerdas Cris , aquel verano en la gomera q solo vimos alguna tortuga y algunos delfines,pero ni calderones ni na mas.....Tienes ya coloretes, así a protegerse y seguir disfrutando....😘😘😘😘
ResponderEliminarQ buena pinta ese cafetito😋😋😋😋
Nefelo; ¡Qué guay los delfines y los dugongos!
ResponderEliminarEs verdad lo que dice Roja, fotos de publicidad de un resort, de un desodorante fresco o la cabecera de un capítulo de un culebrón ("Amor al natural").
Nefelis no se pronuncia en este blog porque no se le ocurre nada bonito que decir debido a la envidia cochina que le corroe "la sentrañas".
No que va. Envidia pero de la buena!!! Que bien se lo estan pasando. !! Me encantan las fotos
ResponderEliminarNo que va. Envidia pero de la buena!!! Que bien se lo estan pasando. !! Me encantan las fotos
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